¿Tomamos ese café pendiente?

He vuelto a recordar esa sensación agradable de los primeros rayos de luz de la mañana, que asomaba a diario aquella cálida alfombra adornando nuestra cama. Esa insaciable sensación todavía hoy me acompaña, durante los primeros minutos del día. A pesar de que el sol, desde aquí, apenas atraviesa estos cristales hasta bien entrada la tarde.

Seguramente sentía miedo a lastimarte. Durante mucho tiempo necesité compartir contigo cómo me sentía, esos sentimientos silenciado que, por costumbre, nadie quiere oler…

Sin embargo, fue inevitable ponerle voz a mis palabras, sin que declarara tu nombre responsable o sintieras ser el origen de esas vivencias de vacío. ¿Cómo podía confiar que me escucharas sin despertar ese amargo dolor a culpa?
¿Cómo podía?

Un día sin más, comencé a hablar de cosas banales ¿Sabes aquellas cosas cotidianas de las que, a menudo, suele hablar la gente? Ni siquiera eran nuestras, más bien mías, superficiales.

Las nuestras más íntimas, esas, poco a poco, fueron quedando relegas a un segundo plano en las sobremesas acostumbradas de aquellas tardes. Sentados en silencio, uno frente al otro, dejamos de susurrarnos al oído despacio, en la mesa familiar olor a madera desgastada que tanto nos gustaba. ¿Recuerdas?

Me sentía feliz esos primeros años, acompañada de ilusión solías abrazarme y sentarme en tus rodillas. Después…, después algo cambió, no lo sitúo en el tiempo pero sobrevino mucho antes llegada mi adolescencia.

Y me preguntaba ¿Qué había sucedido? ¿Por qué olvidaste regalarme esa cálida mirada de siempre?

Con el paso de la primavera, el otoño y, después los años, no existía ni siquiera un noveno plano, éramos ausentes dos desconocidos. Y fácilmente, sin saberlo, creamos esa abismal desunión que nos ha llevado a la distancia.

 

Mi destino Oporto

Mi destino a Oporto se suponía iba a ser para cumplir mis proyectos personales, en realidad, se trataba de una huída sin salida… causando mucho más vacío. Sólo al recorrer el verdadero viaje he podido darme cuenta.

Y fíjate cómo son las cosa… lamentabas que tu madre padeciera esa depresión a lo largo de tu infancia,  y yo he acabado visitando un loquero. Ha logrado ayudarme a esclarecer la importancia de nuestra febril separación.

Allí conocí a alguien importante, pero nunca pude amarlo. Jugamos a juegos peligrosos donde ámbos intentamos que el otro asumiera culpa que no era suya, repitiendo, así, nuestra relación fallida. Pues aprendimos juntos de muy niña a jugar al escondite…

Te parecerá increíble, ha pasado mucho tiempo, lo lamento. Sé que esperabas una llamada por mi parte. Esta madrugada desperté asustada tras soñar que te perdía para siempre.

Ha sido inevitable añorar las innumerables ocasiones, en las que cogidos de la mano transitábamos aquella fina arena del mar que nos acercaba al infinito.

Mientras escribo estas líneas, pienso igual sea tarde. Necesito abrazarte y expresarte que te amo. Desde aquí el reloj colgado en la pared ha dado muchas vueltas, me ha enseñado que las experiencias ni restan ni suman, multiplican.

Y ahora, soy consciente de que hiciste lo mejor que sabías como padre.

Sin embargo, he necesitado ahondar en mi herida, al final alguien supo escuchar mi necesidad. He podido asimilar la lección más importante de mi camino: ser capaz de agradecerte, en vez, de odiarte.

 

Ese era mi auténtico destino final… sin darme cuenta…, cuando ponía rumbo a más de cuatromil kilómetros de distancia entre nosotros.

Te añora,
tu hija Claudia desde Oporto …esperando volver a verte.

 

 

Desde mi diván,
Relatos para sentir y despertar